sábado, 23 de mayo de 2026

Realismo Social: "Los que se van" obra literaria ecuatoriana...recopilación de 24 relatos breves

El realismo social es un movimiento literario y artístico que busca mostrar la realidad de la sociedad tal como es, especialmente los problemas que viven las personas pobres o trabajadoras.

Su objetivo principal es denunciar las injusticias sociales, económicas y políticas.

Características del realismo social

  • Presenta situaciones reales y cotidianas.
  • Habla sobre pobreza, explotación y desigualdad.
  • Los personajes suelen ser campesinos, obreros o personas humildes.
  • Usa un lenguaje sencillo y cercano al pueblo.
  • Busca crear conciencia social y crítica.

En Ecuador

El realismo social fue muy importante en la literatura ecuatoriana del siglo XX. Los escritores mostraron la vida difícil de indígenas, montuvios y trabajadores.

Algunos autores destacados son:

  • Joaquín Gallegos Lara
  • Demetrio Aguilera Malta
  • Enrique Gil Gilbert
  • Jorge Icaza

Obras representativas

  • Los que se van
  • Huasipungo

Estas obras muestran las injusticias y el sufrimiento de las clases populares en Ecuador.

Los que se van es un libro de cuentos escrito por Demetrio Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert y Joaquín Gallegos Lara. Fue publicado en 1930 y es una de las obras más importantes del realismo social ecuatoriano.

La obra describe la vida dura y pobre de los campesinos, montuvios, indígenas y trabajadores de la costa del Ecuador. A través de varios cuentos, muestra problemas como:

  • la pobreza,
  • la injusticia social,
  • la explotación laboral,
  • la violencia,
  • y el abandono que sufrían las clases humildes.

Los autores usan un lenguaje popular y cercano a la forma de hablar del pueblo costeño, lo que hace que las historias se sientan más reales y humanas.

El título Los que se van representa a las personas que abandonan su tierra o su vida anterior por necesidad, sufrimiento o falta de oportunidades. La obra busca denunciar las desigualdades sociales del Ecuador de esa época y dar voz a quienes normalmente no eran escuchados.

OBRAS PARA ANALIZAR

El cholo que se vengó 

Demetrio Aguilera Malta

 -Tei amao como naide ¿sabes vos? Por ti mei hecho marinero y hei viajao por otras tierras… Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a mi pobre vieja: por ti que me habís engañao y te habís burlao e mi… Pero mei vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con ese borracho que hoy te alimenta con golpes a vos y a tus hijos! La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, Y las olas enormes caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en silencio. -Si hubiera sío otro… ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo hubiera matao… Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrío yo… Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole. El mar lanzaba gritos ensordecedores. Para oír a Melquíades ella había tenido que acercársele mucho. Por otra parte el frío…

-Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos; nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos palabriamos, nos íbamos a casar… De repente me llaman pa trabajá en la barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, me juí. Tú hasta lloraste creo, Pasó un mes. Yo andaba por er Guayas, con una madera, contento e regresar pronto… Y entonce me lo dijo er Badulaque: vos te habías largao con Andrés. No se sabía nada e ti. ¿Te acordás? El frío era más fuerte. La tarde más oscura. El mar empezaba a calmarse. Las olas llegaban a desmayar suavemente en la orilla. A lo lejos asomaba una vela de balandra.

-Sentí pena y coraje. Hubiera querido matarlo a ér. Pero después vi que lo mejor era vengarme: yo conocía a Andrés. Sabía que con ér sólo te esperaban er palo y la miseria. Así que er sería mejor quien me vengaría… ¿Después? Hei trabajao mucho, muchisísimo. Nuei querido saber más de vos. Hei visitao muchas ciudades; hei conocido muchas mujeres. Sólo hace un mes me ije: ¡andá a ver tu obra! El sol se ocultaba tras los manglares verdinegros. Sus rayos fantásticos danzaban sobre el cuerpo de la chola dándole colores raros. Las piedras parecían coger vida. El mar se dijera una llanura de flores polícromas. Tei hallao cambiada ¿sabés vos? Estás fea; estás flaca, andás sucia. Ya no vales pa nada. Solo tienes que sufrir viendo como te hubiera ido conmigo y como estás ahora ¿sabes vos? Y andavete que ya tu marido ha estar esperando la merienda, andavete que sinó tendrás hoy una paliza… La vela de la balandra crecía. Unos alcatraces cruzaban lentamente por el cielo. El mar estaba tranquilo y callado y una sonrisa extraña plegaba los labios del cholo que se vengó. 

Audio Cuento "EL CHOLO QUE SE VENGÓ" de Demetrio Aguilera Malta


«El guaraguao» es un cuento del escritor ecuatoriano Joaquín Gallegos Lara

Publicado en 1930. En la ficción, el guaraguao es un ave de rapiña (un tipo de gallinazo) que pertenece y acompaña fielmente a un hombre montubio solitario llamado Chancho Rengo

El Guaraguao Era una especie de hombre. Huraño, solo. No solo: con una escopeta de cargar por la boca y un guaraguao. Un guaraguao de roja cresta, pico férreo, cuello aguarico, grandes uñas y plumaje negro. Del porte de un pavo chico. Un guaraguao es, naturalmente, un capitán de gallinazos. Es el que huele de más lejos la podredumbre de las bestias muertas para dirigir el enjambre. Pero este guaraguao iba volando alrededor o posado en el cañón de la escopeta de nuestra especie de hombre. Cazaban garzas. El hombre las tiraba y el guaraguao volaba y desde media poza las traía en las garras como un gerifalte. Iban solamente a comprar pólvora y municiones a los pueblos. Y a vender las plumas conseguidas. 

Allá le decían "Chancho-rengo". —Ej er diablo er muy picaro pero siace er Chancho-rengo... Cuando reunía siquiera dos libras de plumas se las iba a vender a los chinos dueños de pulperías. Ellos le daban quince o veinte sucres por lo que valía lo menos cien. Chancho-rengo lo sabía. Pero le daba pereza disputar. Además no necesitaba de mucho para su vida. Vestía andrajos. Vagaba en el monte.



𝗘𝗹 𝗠𝗮𝗹𝗼
𝙋𝙤𝙧: 𝙀𝙣𝙧𝙞𝙦𝙪𝙚 𝙂𝙞𝙡 𝙂𝙞𝙡𝙗𝙚𝙧𝙩

Duérmase niñito,
duérmase por dios;
duérmase niñito
que allí viene el cuco
¡ahahá! ¡ahahá!
I Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca, tratando de arrullar a su hermanito menor.
—¡Er moro!
Así lo llamaban porque hasta mui crecido había estado sin recibir las aguas bautismales.
—¡Er moro! ¡Jesú, qué malo ha de ser!
—¿I nuá venío la mala pájara a gritajle?
—Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare…
—No: le saca los ojitos ar moro.
San José i la virgen
fueron a Belén
a adorar al niño
i a Jesús también.
María Lavaba
José tendía
los ricos pañales
que el niño tenía,
¡ahahá! ¡ahahá!
I seguía meciendo. El cuerpo medio torcido, más elevada una pierna que otra, solo la más prolongada servía de palanca mecedora. En los labios un pedazo de nervio de res: el “rompe camisa”.
Más sucio i andrajoso que un mendigo, hacía exclamar a su madre:
—¡Si ya nuai vida con este demonio! ¡Vea: si nuace un ratito que lo hei vestío i ya anda como de un mes!
Pero él era impasible. Travieso i malcriado por instinto. Vivo; tal vez demasiado vivo.
Sus pillerías eran por sí. —Porque se le antojaba hacerlo.
Ahora su papá i su mamá se habían ido al desmonte. Tenía que cocinar. Cuidar a su hermanito. Hacerlo dormir i cuando ya esté dormido ir llevando la comida a sus taitas. I lo más probable era que recibiera su cueriza.
Sabía sin duda lo que le esperaba. Pero aunque ya el sol “estaba bastante paradito” no se preocupaba de poner las ollas en el fogón. Tenía su cueriza segura. Pero ¡bah!
¿Qué era jugar un ratito?... Si le pegaban le dolería un ratito i… ¡nada más! Con sobarse contra el suelo, sobre la yerba de la virgen…
I viendo que el pequeño no se dormía se agachó hasta casi tocarle la nariz contra la de él.
El bebé, espantado saltó, agitó las manecitas. Hizo un gesto que lo afeaba i quiso llorar.
—¡Duérmete! —ordenó.
Pero el mui sinvergüenza en lugar de dormirse se puso a llorar.
—Vea ñañito: ¡duérmase que tengo que cocinar!
I empleaba todas las razones más convincentes que hallaba al alcance de su mentalidad infantil.
El mal bebé no hacía caso.
Recurrió, entonces, a los métodos violentos.
—¿No quieres dormirte? ¡Ahora verás!
Cogióle por los hombritos i lo sacudió.
—¡Si no te duermes verás!
I más i más lo sacudía. Pero el bebé gritaba i gritaba sin dormirse.
—¡Agú! ¡Agú! ¡Agú!
—Parece pito, de esos pitos que hacen con cacho e toro i ombligo de argarrobo.
I le parecía bonita la destemplada i nada simpática musiquita.
¡Vaya! Qué gracioso resultaba el muchachito, así, moradito, contrayendo los bracitos y las piernitas para llorar.
—¡Ji, ji, ji! ¡Como así ase! ¡Ji, ji, ji!
Si él hubiera tenido senos como su mamá, ya no lloraría el chico, pero… ¿Por qué no tendría él?...
…I él sería grande como su papá…
Iría…
—¡Agú! ¡Agú! ¡Agú!
Lo bajó de la hamaca.
—¡Leopordo!
—Mande.
—¿Nuás visto mi gallina fina?
—¡Yo no hei visto nada!
I la chepa se alejaba murmurando:
—¡Si es malo-malo-malo-como er mesmo malo!
¡Vieja majadera! Venir a busca gallinas, cuando él tenía que hacer dormir a su ñaño i cocinar… I ya el sol “estaba más paradito que endenantes”.
—¡Agú! ¡Agú!
¡Qué gritón el muchacho! Ya no le gustaba la musiquita.
I se puso a saltar alrededor de la criatura. Saltaba. Saltaba. Saltaba.
I los ocho años que llevaba de vida se alegraron como nunca se habían alegrado.
Si había conseguido hacerlo callar, lo que pocas veces conseguía… I más todavía, se reía con él… ¡con él nadie se reía!
Por eso tal vez era malo.
¿Malo? ¿I qué sería eso? A los que les grita la lechuza antes de que los lleven a la pila, son malos… ¡Y a él dizque le había gritado!
Pero nadie se reía con él.
—No te ajuntes con er Leopordo. —Había oído que les decían a los otros chicos. —¡No te ajuntes con ese qués malo!
I ahora le había sonreído a su hermanito. ¡Y dizque los chiquitos son angelitos!
—¡Güio! ¡Güio!
i saltaba i más saltaba a su alrededor.
De repente se paró.
—¡Ay!
Lloró. Agitó las manos. Lo mismo había hecho el Chiquito.
—¿I de onde cayó er machete?
Tornaba los ojos de uno a otro lado.
—¿Pero de onde caería? ¿No sería er diablo?
I se asustó. El diablo debía estar en el cuarto.
—¡Uy!
Sus ojos se abrieron mucho… mucho… mucho…
Tanto que de tan abiertos se le cerraron. ¡Le entró tanto el frío en los ojos! I por los ojos le pasó al alma.
El chiquito en el suelo… i él viendo: Sobre los pañalitos… una mancha como el fresco de pitahaya… no... si era… como de tinta de mangle… i salía i salía… ¡qué colorada!
Pero ya no lloraba.
—¡Ñañito!
No, ya no lloraba. ¿Qué le había pasado? ¿Pero de dónde cayó el machete? ¡El diablo!
I asustado salió. Se detuvo apenas dejó el último escalón de la escalera.
¿I si su mamá le pegaba? ¡Como siempre le pegaban…!
Volvió a subir… Otra vez estaba llorando el chiquito… ¡Sí! Sí estaba llorando… ¡Pero cómo lloraba! ¡Si casi no se le oía!
—¡Oí! ¡Como se ha manchao! ¡I qué colorao! ¡Qué colorao questá! ¡Si toito se ha embarrao!
Fue a deshacerle el bulluco de pañales. Con las puntas del índice i del pulgar los cogía: ¡tanto miedo le daban!
Eso que le salía era como la sangre que le salía a él cuando se cortaba los dedos, mientras hacía canoítas de palo e balsa.
Eso que le salía era sangre.
—¿Cómo caería er machete?
Allí estaba el diablo…
El diablo. El diablo. El diablo.
I bajó. No bajó. Se encontró sin saber cómo, abajo. Corrió en dirección “al trabajo” de su papá.
—¡Yo no hei sío! Yo no hei sío.
I corría.
Lo vio pasar todo el mundo.
Los hijos de la chepa. Los de la Meche. Los de la Vitoria. Los de la Carmen. I todos se apartaban.
—¡Er malo!
I se quitaban.
—¿Lo ves como llora i como habla? ¡Se ha gorbido loco! ¡No se ajunte con él que la lechuza lo ha gritao!
Pero él no lo veía.
El diablo… su hermanito… ¿Cómo fue? El diablo… El malo… El… ¡El que le decían el malo!
—¡Yo no juí! ¡Yo no juí! ¡Si yo no sé!
Llegó. Los vio de lejos. Si les decía le pegaban… No: él les decía…
I avanzó:
—¡Mamá! ¡Taita!
—¿Qué quieres vos aquí? ¿No te dejé cuidando ar chico?
I lloró asustado. I vio:
El diablo.
Su Hermanito.
El machete.
—Si yo no juí… ¡Solito no más me cayó! ¡Er diablo!
—¿Qué ha pasao?
—En la barriguita… ¡pero yo no juí! ¡Si cayó solito! ¡Naiden lo atocó! ¡Yo no juí!
Ellos adivinaron.
I corrieron. Él asustado. Ella llorosa i atrás Leopoldo con un espanto más grande que la alegría de cuando su hermanito le sonrió.
Para todos pasó como algo inusitado ver corriendo como locos a toda la familia.
Algunos se reían. Otros se asustaban. Otros quedaban indiferentes.
Los muchachos se acercaban i preguntaban:
—¿Qué ha pasao?
Hablaban por primera vez en su vida al malo.
—¡Yo nuei sío! ¡jué er diablo!
Y se apartaban de él.
¡Lo que decía!
I subieron todos i todos vieron i ninguno creyó en lo que veía. Solo él —el malo— asustado que no hablaba— cosa rara en él: desgreñado, sucio, hediondo a sudor miraba y estaba convencido de que era cierto lo que veían.
I sus ojos interrogaban a todos los rincones. Creía ver al diablo.
La madre lloró.
Al quitarle los pañales vio con los ojos enturbiados, por el llanto lo que había querido ver…
¿Pero quién había sido?
Juan, el padre, explicó: como de costumbre, él había dejado el machete entre las cañas… él, nadie más que él, tenía la culpa.
No. Ellos no lo creían. Había sido el malo. Ellos lo acusaban.
Leopoldo llorando imploraba:
—¡Si yo no juí! Jué er diablo.
—¡Er diablo eres vos!
—¡Yo soi Leopordo!
—Tu taita ej er diablo, no don Juan.
— Mentira —gritó la madre ofendida—.
i la vieja Victoria, bruja i curandera, arguyó con su voz cascada:
—Nuasido otro quer Leopordo, porque er ej er malo. ¡I naiden más quer tiene que haber sido!
Leopoldo como última protesta:
—¡Yo soi hijo e mi taita!
Todos hacían cruces.
Había sido el malo. Tenía que ser. Ya había comenzado. Después mataría más.
—¡Haí que decirle ar político er pueblo!
Se alejaban del malo. Entonces, él sintió repulsión de ellos. Fue la primera vez que odió.
I cuando todos los curiosos se fueron y quedaron solo los cuatro; María, la madre lloró. Mientras Juan se restregaba una mano con otra i las lágrimas rodaban por sus mejillas.
María vio al muerto… ¡Malo Leopoldo, malo! ¡Mató a su hermanito, malo! Pero ahora vendría el político y se lo llevaría preso… Pobrecito. ¿Cómo lo tratarían? Mal, porque era malo. I con lo brutos que eran los de la rural. ¡Pero había matado a su hermanito! Malo, Leopoldo, malo…
Lo miró. Los ojos llorosos de Leopoldo se encontraron suplicantes con los de ella.
—¡Yo no hei sío, mama!
La vieja Victoria subió refunfuñando:
—¡Si es qués malo de nasión: ¡es ér, er malo, naiden más que ér!
María abrazó a su hijo muerto… ¿I el otro? ¿El Leopoldo?... ¿No, no podría ser?
Corrió, lo abrazó i lo llevó junto al cadáver. I allí abrazó a su hijo muerto i al vivo.
—¡Mijito! ¡Pobrecito!
El machete viejo, carcomido, manchado a partes de sangre, a partes oxidado, negro, a partes plateado, por no sé qué misterio de luz, parecía reírse.
—¡Es malo, malo Leopordo!


Estilo y temáticas

Los cuentos de Los que se van están enmarcados en el realismo literario, movimiento que promovía la literatura como medio de retratar la realidad. Los relatos del libro hacen uso de varias de las características estilísticas del realismo, entre las que destacan: el uso de lenguaje coloquial, representación de escenas cotidianas narradas con verosimilitud, críticas a los problemas sociales de los sectores oprimidos y uso de arquetipos como medio para representar un colectivo.[ (Aguilera Malta, Gil Gilbert, & Gallegos Lara, 2008)]

Las temáticas de los cuentos varían de acuerdo a cada autor, aunque el deseo insatisfecho como motivador principal es recurrente a lo largo del libro. Los relatos de Aguilera Malta están poblados por protagonistas movidos por el deseo, además de contener varias escenas de violaciones y asesinatos en medio de ambientes marcadamente machistas. Joaquín Gallegos Lara se centra más en supersticiones y en retratar una naturaleza idealizada, aunque la lujuria es el primer motor de la mayoría de sus personajes. Por su parte, Enrique Gil Gilbert utiliza un lenguaje más lírico en sus cuentos, algunos de los cuales tratan sobre la naturaleza del mal y de la muerte, aunque la mujer como objetivo inalcanzable también se repite con frecuencia.[




BIBLIOGRAFÍA

Aguilera Malta, D., Gil Gilbert, E., & Gallegos Lara, J. (2008). Los que se van. Tayupanta.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario